Bitácora Parte 1. (Bogotá, Colombia)

Fundanob

Desde que iniciamos el proyecto de crear la fundación, nos hemos enfocado en alcanzar estándares internacionales, pensando en que la mejor forma de crecer es con el apoyo de los oboístas que están fuera del país.

Llegó a oídos de mi papá que habría un evento en Colombia, de oboístas reconocidos, etc. y así llegó a mí la idea. Fue entonces cuando me encontré con FUNDANOB, una fundación de oboístas en Colombia, que al final reconocí que era mucho más que eso, al estar confirmada por 4 mujeres dedicadas al oboe en distintos ámbitos; educación; ejecución, profesión e incluso residencia, pero motivadas a impulsar el instrumento en latinoamérica.

Fundación Nacional de Oboe Bogotá-Colombia

Con el esfuerzo de más de 1 mes de organización, planificación, desesperación y mucha dedicación, además de bendiciones que llegaron sin yo esperarlas, pude llegar a la 3era Academia Nacional de Oboe en Bogotá. Les contaré de aquí en adelante como pasó esto…

Salir de Barquisimeto, llegar al vigía, pasar una noche y partir a la salida del sol a Puerto Santander, sellar el pasaporte en lo que sería un lugar que no era como imaginaba, pero tampoco más bonito, una odisea, una aventura, para recibir las palabras de un vendedor de boletos de autobús que cargó nuestras maletas “Bienvenidas a Colombia»

Dos guaras, una del norte y otra de todos lados, desde Barquisimeto a el vigía. Una guitarrista y la otra oboísta, primera vez que salen del país, escuchando historias y mitos de cómo sería cruzar la frontera. Mi descripción de nosotras es un poco por generalizada.

Desde la salida de la ciudad musical de Venezuela, nos encontramos con una tranca por gas, situación común por estos lares, por lo que debimos pedir direcciones a un amigo del conductor que era chofer de autobús que, como cosa habitual, son tan explícitas como el señor que las da. Tras pasar por una calle sin asfalto, cruzar dos veces a la derecha, pasar frente a una escuela, la cloaca reventada y la batea, salimos de Barquisimeto. Un viaje de 6 horas, parando repetidas veces en busca de un baño, porque en las primeras no se prestaban por “no haber agua en el pueblo» hasta encontrar una estación de bomberos (Caja Seca) en donde servicialmente permitieron pasar por lo que se sigue creyendo hasta este momento “eran mujeres». Llegar al pueblo caliente, no pensaría jamás que está a 1 hora de Mérida, conseguirnos con un primo 2do del cual no recordaba el rostro, pero terminar siendo el mejor guía para pasar una noche en el Vigía.

Dos muchachas jóvenes, con la experiencia de dos décadas de vida, pudieron descansar en un hotel tocando un rato sus instrumentos, viendo Alicia en el país de las maravillas por TV, y soñando con lo que les esperaba al día siguiente.

Saliendo del vigía a puerto Santander, se une a la experiencia una merideña, que también veían por primera vez, pero sería la compañera oboísta con destino a la 3era Academia.

Llegar al puerto, literal, sientes como es el movimiento agitado de mercancía, la manera en la que las casas y construcciones son cada vez menos elaboradas y deterioradas al acercarse a lo que sería la línea fronteriza, mucha gente, mucho ruido, mucho sol, el calor del vigía continúa luego de 50km. El proceso del sellado paralizado por la caída del sistema, fueron 3 horas de espera mientras abundaban conversaciones en la cola. Sellado, mi primer sello de salida del país, y encuentro con los guardias, esa era la parte más intrigante de pasar la frontera, decían que siempre ponen peros, y en eso un señor robusto de traje verde nos dice, “Los instrumentos pasan por San Antonio» el estuche de la guitarra de Glidy nos delató, nuestra propuesta de tocar ahí mismo si era necesario, nos salvó, el señor acalorado y sin ganas de ser entretenido por dos niñas que parecían de 18 o menos, hizo una seña para que pasaramos, y acabó con el sufrimiento de las dos guaras, mientras que la 3era jovencita no corrió con la misma suerte, teniendo que dejar 20.000 pesos y un reloj a los corruptos oportunistas en busca de pasar un puente, un puente que finaliza con Venezuela y da inicio a Colombia con Puerto Santander. Un puente para cruzar un río rojizo, turbio, en el que jamás nadaría, cosa que no me imaginaría al ver en un mapa la frontera con este país vecino.

Puerto Santander, no sólo por la palabra puerto se me asemejaba a Morón o el principio de Tucacas, el sol brillaba en el sudor de la piel de colombianos y venezolanos. Tenía años sin ver esas cantidades de mercancía, calles sin ninguna organización; a la derecha, al frente, izquierda, a los diagonales, locales de todo tipo, ventas de comida, respuestos, celulares, casas de cambio, plazas, colas, más gente, y migración Colombia, ese era mi objetivo. Un local cerrado con puertas de vidrio y vigilante uniformado, con un interior de 6×3, dos computadoras, dos trabajadores, aire acondicionado y sillas, nada parecido al SAIME. Fueron si acaso 5min.

Ya al pisar tierras colombianas se sentía una actitud diferente, las personas no te miran igual, no existe esa conversación amistosa echadera de broma. Todo es negocio. Parece ser de lo único que se puede sobrevivir, del dinero. Eso no se siente en Venezuela. En Venezuela hasta el más pobre, por tonto podrán decir, pero busca una sonrisa, ayudar, sentirse bien y en cercanía con la otra persona.

En Puerto, comprar pasaje, sellar y esperar un bus hasta Cúcuta. Llegar al terminal casi a las 4, comprar algo de comer, y esperar en el calor del terminal. De Venezuela eran casi todos los pasajeros, hasta entonces el ambiente amiguero seguía en el aire a ocasiones.

Viaje

Luego de casi 21 horas de viaje, llegar a Bogotá fue como no saber realmente si llegamos, si esas calles tan amplias y limpias, esa cantidad de tráfico, el cielo gris y la lluvia, serían las primeras cosas que vería de la capital colombiana. Mientras más nos adentrábamos, más cosas nuevas podía distinguir, edificios muy altos, muchas personas en la calle, caminando, mucho transporte público, construcciones para climas fríos, con ladrillos, grandes áreas verdes, que se dispersaban por todas las calles, mucho verde, cuidado y mantenido.

A todas esas cualidades se agregaron al pisar tierras Rolas, y caminar entre sus calles, gran cantidad de personas con perros peludos, cosa que se puede por el clima, me refiero a lo peludos, como osos, familias con niños haciendo ejercicio, policías bien vestidos y mucho frío. Por tener experiencia en Boconó un pueblo de Trujillo, de donde es mi papa, el frío es mi aliado, y no fue mayor problema en toda mi estadía, pero si que había frío, por lo menos para cargar un suéter bien confortable, las manos en los bolsillos y aceptar que el aire en la cara se sentía como hielo.

Bogotá

Paseando por las calles de Bogotá el ambiente era el mismo, en cuanto a las personas y el clima, frío. Los amigos eran los que hacían que sin importar lo grande y desconocido que parecía todo, se sintiera como un paseo, relajado, y con el fin de conocer lo más posible. Caminamos 8km y llegamos al centro de Bogotá, donde a las calles no se les ve final, las tiendas están pegadas una al lado de la otra y detrás de ellas grandes edificios, pareciera que todo te dijera, mírame, cómprame, te daré calor, yo no estoy en Venezuela. Ver espectáculos callejeros realizados por venezolanos, escuchar los tambores, ver la multitud a su alrededor y pasar por un lado como si nada, habiéndolos escuchado bastantes veces en fiestas y quince años después de la hora loca.

Bogota

El venezolano en Bogotá, buscando una manera de adentrarse en ese mundo del comercio como base de la existencia, llegaba a ser cálido a un punto de atravesar toda esa ropa que te protege del frío y entrar como por un hilito a tu corazón, recordándote tu gente, y apareciendo un destello de melancolía, al cual yo reconocía y con un suspiro le decía adiós, para optar por aferrarme a la idea de que las cosas van a mejorar en mi país, viendo todo el potencial del venezolano en frente de mis narices, ese esfuerzo, esas ganas, el talento y carisma de ese personaje que para llegar ahí tuvo que pasar un viaje tan largo como el mío e incluso peor. Mucho peor.

La primera noche me quedé con mi primera compañera de viaje, Glidy, en casa de unas amigas que al igual que muchos, se adentraron en una o varias búsquedas en países del exterior, Heidy y Nath. Las noches que siguieron fueron en un hostal cerca del sitio donde serían las actividades de lunes a viernes. Desde mi llegada, conocer a jóvenes que para mi eran extranjeros, pero que para ellos, estaban en su casa, fue todo un aprendizaje, de qué se reirían, cual es el chiste de ese momento, que hacen esos jóvenes profesional o académicamente hablando, eran unas de mis preguntas que no serían fáciles de responder a las primeras vistas, pero en lo que si me di cuenta de inmediato, fue su decisión por hacer lo que tenían que hacer, fuese lo que fuese, y su educación, muy educadas todas aquellas personas dedicadas a la atención al cliente.

3era academia nacional de oboe

El primer día de la 3era Academia Nacional de oboe, me levanté temprano, esperando no olvidar alguna cosa, reconociendo todo nuevamente a la luz del día, un nuevo día. En el desayuno fue mi primer encuentro con una de las personas más representativas de mi experiencia en la academia, Paula Zavadivker, Luthier de Rigouthat y su esposo Michel. Se quedaban en el mismo hostal, y fue una gran sorpresa y felicidad reconocer a alguien de tan alto nivel de conocimiento en tan apenas la primera mañana. Su compañía fue de gran ayuda, sobre todo por el hecho de ir el primer día al lugar donde se darían las clases. El frío continuaba, el cielo estaba gris, como si estuviera a punto de lloviznar, y la gente con sus abrigos empezaba a llegar, en sus caras se sentía la familiaridad con el sitio y las personas con las que se iban a encontrar, yo intentaba que se me pegara esa energía, de confianza, pero al final lo que hacía era ver en que oportunidad hablar con alguno de los jóvenes, sobre el clima, de donde eran, si habían participado antes, el viaje, cualquier tema que cortara el hielo y con el que pudiera reconocer el nombre de una de tantas personas en ese lugar.

clases

Era una casa con paredes blancas, con un diseño bastante minimalista, y en su interior estaba calientito siempre. Al poco tiempo conocí a dos venezolanos residenciados en Bogotá, un Tachirense y un Yaracuyano, con éste último estudié muchos años antes y me recordó justo entonces, en otro país, ya ambos tocando el mismo instrumento, tantos años después, fue un reencuentro imprevisto y sumamente especial, que me dejaría un amigo para el resto de todos mis días en la academia y Bogotá.

amigos

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